jueves, 18 de febrero de 2010

Notas II (Piglia)



ESCENAS DE LECTURA[1]

(*) Por Edgardo H. Berg


El crítico como escritor o el escritor como crítico, de este equívoco o esta paradoja se alimenta toda la obra de Ricardo Piglia. Desde sus primeros trabajos críticos, entre los sesenta y setenta, sobre Césare Pavese, Ernest Hemingway y la novela policial norteamericana, o sus intervenciones acerca de Manuel Puig, Luis Gusmán, Roberto Arlt, Borges, Cortázar, pasando luego por Sarmiento, Borges, Gombrowicz y Macedonio Fernández; más tarde, en su recopilación de entrevistas en Crítica y ficción (1986) o en su colección de ensayos breves en La Argentina en pedazos (1993), que habían oficiado primero como guiones de las ilustraciones literarias de la Revista Fierro, hasta llegar a Formas breves (1999) y su ensayo sobre Rodolfo Walsh en Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades) ( 2001), en forma de dueto con León Rozitchner, Ricardo Piglia ha sabido renovar la crítica literaria, apartándose de sus formas más visibles y estereotipadas.[2] Más aún, la imposibilidad de reconocer los bordes y los límites precisos -como si fuera una banda de Moebius- entre crítica y ficción, entre argumentación y narración, entre entrevista y conversación literaria, entre relato y modulación ensayística, nos instala en la experiencia de un universo discursivo armado a partir de la vibración de las fronteras y la reversibilidad de los actos de lectura y escritura. Mejor aún, esa situación, desde sus comienzos, ha sido consustancial a su obra narrativa. O para decirlo de una vez, sólo pueden ser pensadas al lado de sus novelas y relatos: Nombre falso (1975) Respiración artificial (1980), Prisión perpetua (1988) La ciudad ausente (1992) y Plata quemada (1997).
Historias imaginarias, historias personales contruyen una red de motivos y escenas móviles en El último lector, como si fueran los cuadros de exposición de un museo literario viviente cuya descarga óntica reactualiza o transforma las experiencias. Ana Karenina leyendo una novela inglesa a la luz de una linterna, en un viaje en tren de Moscú a San Petersburgo, Hamlet entrando al palacio real con un libro en la mano, después de hablar con el espectro de su padre, Madame Bovary leyendo sus novelas sentimentales o Philip Marlowe hojeando un policial barato en un motel. El encuentro furtivo de los amantes, de Felice Bauer y Franz Kafka en la interrupción momentánea de una correspondencia epistolar; Joyce deletrando letras a través de una lupa; o Borges leyendo con el papel pegado a los ojos. Borde impreciso entre vida y obra, la escritura es una prolongación del acto de leer y ambas son la constancia de un diario personal, de un libro de bitácora. Como si fueran figuras especulares, el lector se convierte en el otro sujeto que refracta al autor. En este sentido, el libro de Piglia se presenta como una historia mínima de los modos de leer y sus efectos, como una suerte de laboratorio de la lectura que fija y corrige la experiencia; o donde se persigue las huellas que ha dejado la lectura como forma de inscripción en la vida.
El último lector, afirma Piglia, está secretamente unido a “The Last Reader”, la canción de Charles Ivens basada en el poema de Oliver Wendell Holmes. Ahora bien, como sabemos, las narraciones del autor suelen ser, muchas veces, una forma de la crítica y, en este sentido, resulta significativo que el libro se halla editado en la colección “narrativas hispánicas” de la editorial Anagrama y que sus reflexiones sobre la experiencia transformadora del acto de leer se abra con un relato. El cuadro narrativo es en realidad una ficción que describe una pasión humana y la cuestión central en torno al cual gira el debate imaginario del prólogo, no es la verosimilitud de la experiencia personal transmitida, ni los pasajes y motivos prestados de La ciudad ausente, o el influjo borgeano que nos remite necesariamente a "El aleph". El relato nos cuenta la historia de un fotógrafo, quien recluído en una casa de un antiguo barrio de Buenos Aires, más precisamente en el barrio de Flores, conserva la réplica de una ciudad en la que trabaja desde hace años. La obra más que una reproducción, es una máquina sinóptica que detalla cada peculiaridad contenida en la ciudad real. Así, en la contemplación solitaria de la ciudad –construída en escala microscópica-, la edificación deja verse de una sola vez, porque en realidad, sólo puede ser vista por un espectador. Podríamos decir que la percepción individual de la ciudad remeda, si se quiere, el acto solitario de la lectura. Y la lectura como arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio, como pretendía James Joyce, es una lección óptica: el arte de ver mundos múltiples en una capa mínima del lenguaje. Es así como el acto de lectura aparece en escena en forma de relato, desde el comienzo del libro. El momento de la lectura y el de la narración serían complementarios y simétricos, reflejos especulares el uno del otro y que podrían ser sustituídos sin distorsión. Lo que está en juego en el prólogo de El último lector es la posibilidad de ficcionalizar todas las contradicciones de la lectura en una narración capaz de contenerlas. Y en este sentido, el relato-prólogo tendría la posibilidad de ser una alegoría de la lectura.
En el cuarto capítulo, que quizá sea uno de los capítulos más inolvidables y exquisitos del texto, Ricardo Piglia persigue los rastros de lectura del Che Guevara para dar cuenta de la tensión natural entre las armas y las letras, entre la lectura y la acción, entre la vida leída y la vida vivida, entre los titubeos interpretativos y la decisión política. La figura del lector, de quien descifra e interpreta es la sinécdoque perfecta del intelectual moderno. El tabaco y los libros guardados en un portafolio de cuero, son las adicciones que guardan como resto perdido, la imagen del escritor fracasado. Sin embargo, la lectura migrante y en marcha, antes de un combate o ante la inminencia de la persecución final, en Ñancahuazu, en Bolivia, trastocan la nostalgia de la literatura por una vida hecha como un artista. Si en el capítulo tres, “Lectores imaginarios” (77-102), dedicado al policial, Piglia ve el traspaso del hombre de letras al hombre de acción, en el pasaje desviado de las figuras de Auguste Dupin (Poe) y Philip Marlowe (Chandler), en Guevara se detiene en la reversión de lo que él llama “síntoma Dahlman”. Salir de la biblioteca, del mundo de las letras, ya no será una acción determinada por el encuentro con el otro, con el bárbaro, sino un ir al encuentro con el compañero, con la víctima social y el desposeído. Y si Piglia une las experiencias viajeras del joven Guevara con la tradición norteamericana de la beat generation (Jack Kerouac y su libro On the Road como paradigma de esta situación) es porque la escritura de una vida y los viajes, se unen en la experiencia alternativa de una contrasociedad. Ese viajero errante que se politiza es también, de algún modo, el linyera al costado del camino, que rechaza, en su modo de vestir, el mundo del trabajo y la validez del dinero. O también, el médico que lee los síntomas sociales y confirma las marcas de la explotación en la lectura de los cuerpos. Las anécdotas de Guevara leyendo en Sierra Maestra mientras sus compañeros descansan, los registros fotográficos en las que se lo ve leyendo en los descansos del combate, construyen una historia de Guevara, atravesada por esos dos “ritmos”: metamorfosis y cambios bruscos, persistencia y continuidad. A pesar de las mutaciones y las experiencias transformadoras, la continuidad de la lectura atraviesa al Che en toda su historia. Un Ernesto que se transforma en Che: y ese pasaje es vivido y descifrado a partir de la escritura y la lectura.
“Podríamos hablar de una lectura en situación de peligro. Son siempre situaciones de lectura extrema, fuera de lugar, en circunstancias de extravío, de muerte, o donde acosa la amenaza de una destrucción. La lectura se opone a un mundo hostil, como los restos o los recuerdos de otra vida”, afirma Piglia. El punto de partida es la fotografía de Guevara en Bolivia, leyendo encima de un árbol en un alto de la lucha. El punto de llegada es la frase (la última frase leída otra vez por un último lector) que queda en la pizarra de la escuelita de La Higuera donde pasa sus últimas horas. Al final de su vida, las dos figuras, del lector y del guerrero, se unen y casan sus duraciones. El Che herido y tirado en el piso de un aula, le señala a Julia Cortés, la maestra del lugar que le lleva un plato de guiso, el error de la frase escrita en la pizarra, la falta de un acento. La frase era “yo sé leer”, y como el personaje de un cuento de Jack London, el Che Guevara muere con dignidad, pagando con su vida la fidelidad de un pensamiento.
El último lector, su último libro, es, como dice Piglia al final, "acaso el más personal y el más íntimo de todos los que he escrito". El narrador y el ensayista argentino busca descifrar lo que es un lector recurriendo a las páginas de la literatura universal que han marcado su vida y sus obras. Y la destreza de Piglia es pasearse entre los registros como si siempre se habitara en la misma casa.
En la carrera de la lectura gana el que puede correr más lento, sostiene Piglia. Por fuera de los usos sociales dominantes, replicante y a destiempo de los ritmos que imponen los SMS, el chat y los blogs, la lectura libresca persiste como una moneda enigmática y antigua que brilla sobre la superposición temporal de las escrituras actuales.
[3]

Notas

[1] La presente nota reproduce fragmentariamente algunas reflexiones de mi artículo “El gabinete del doctor Caligari: Ricardo Piglia y Sergio Chejfec como críticos”, publicado en la Revista Grumo, nº 7/8. Buenos Aires-Río de Janeiro, pp. 30-35.
[2] El ensayo de Ricardo Piglia está acompañado del otro lado del libro por Mi buenos Aires querido de León Rozitchner.
[3] Ver las entrevistas al autor de Patriicia Somoza: “Leer, escribir en red”, en ADN Cultura, La Nación, 19/04/2008, 6-7 y de Raquel Garzón: “Elogio a la lentitud”, en Ñ, Revista de Cultura, Clarín, 20/1/2008, 6-8.
















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