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viernes, 15 de enero de 2010

POEMAS DE GINA ALESSANDRA SARACENI

Del libro Salobre

Deriva

Todas las mañanas
me barajo
la vida
en un cuarto
de baño.


Me rindo
ante el gesto
de pintarme
los labios
con la mano
izquierda.

*********


Sólo el naufragio
te acompaña
cuando sopla
el otoño
y estás en Berlín
por una soledad
que te envenena.
Al borde del camino
la vida queda presa
en los olivares
que atrapan
su cabellera
de higos rojos.

Es un pez asustado
que huye de la red,

un gato que juega
con su sombra.

Sonríe redonda
y a veces llora
los amores perdidos
para siempre.


***********


Las aceitunas que vende
el árabe
en el Boulevard Ornano
son islas
de un Oriente
salado
con rabia
y jenjibre.

Las comes
a solas
con la vida

en el fondo
del Boulevard Ornano.


************


En los Jardines
de Les Tulleries
el fracaso es un mimo
que al final de la tarde
se quita el maquillaje
y desaparece en una estación
del metro.


EXODO I

Los migrantes
siempre se están yendo.

El recuerdo
de su tierra
es la breve morada
de sus días.

El camino los agota,

huérfanos

los deja a la intemperie,
les arranca los párpados
para que mueran
mirando las heridas
de sus hijos.

Los niños de Sierra Leona
no tienen manos para jugar.


EXODO II

Las madres de Ruanda
perdieron la leche
de sus senos.
Dejaron sus cabellos
a la orilla del río
y cantan calladas
la plegaria del exilio.

Soñaban regresar
a sus hogares
para enterrar
la sonrisa rota
de sus hijos.

Al atardecer,

los zamuros vuelan
al ras del suelo.

(publicados también en la revista Hotel Abismo, dirigida por Juan Duchesne Winter)
............... ............................. ...................

Le devolvió
las piedras al mar,

las piedras guardadas por años
en frascos de mermelada.

Fue el vacío
lo que quedó
en su lugar.

Igual que un abandono:

dura todavía.

***

Hay un caballo
al borde del camino.

Entre viñedos y
hierbas quemadas
espera que transcurra
el día.

El sol moja la negra
pelambre de su lomo.

Arde su soledad en el verano.

Maduran las uvas
al calor de su aliento.



Naturaleza muerta

Las frutas maduran
en el cuadro.
Sus semillas brotan
en la tela,
se hinchan de sabor,
se vuelven amarillas.

Tu madre amaba
las frutas de ese cuadro,

su paciente espera sobre la mesa
su redondez un poco golpeada

ese olor a fruta podrida
que llenaba la mañana
de una breve tristeza anticipada.

***

Crece el parque al amanecer.

El silencio abandona
las raíces de los árboles
y se levanta hasta las hojas
comidas por los loros.

Cada madrugada volvemos al parque
con los pies clavados en la tierra
y el pulso latiendo entre la sangre

Podríamos morir de madrugada
escuchando el canto de los loros
que atraviesa el cielo
y lo sofoca
y lo deja sin aliento.

Podríamos morir de madrugada
rodeados de loros que nos miran
correr como liebres fugaces,

cada uno con su canto
en la garganta

cada uno con su vuelo
a ras del piso
abriendo zancadas
en la hierba.

Es el despertar de los loros
que abandonan el parque
en manada,
y hunden en el cielo
un grito atroz.

Cada madrugada
se despiden de nosotros
lo verdes loros del parque.

Regresarán en la noche
para dormir en las altas
copas de los árboles.



San Vito es un pueblo
entre el mar y la colina
donde la gente quiere
que siempre sea verano.

Es una red que arroja
sus nudos en el
Adriático para pescar
el mapa de su canto.

Es el geranio que riega
tu madre cuando piensa
en la abuela y la bendice
con agua de mar.

***
No sabremos si el circo volverá a este
pueblo alejado del mundo.
Si el hombre lobo saldrá de la jaula
para vivir con la mujer de sus sueños;
si la trapecista se quedará en la cuerda
floja mirando la incertidumbre de sus pies.

Esperaremos que al payaso le crezca
la nariz y que la carpa del circo
nos arrope en su abrazo de lona.

***

Si los árboles pierden su fuerza
y la ciudad extravía su nombre

no dejes que el poema
quede atascado
en la punta de
la lengua.

Déjalo salir

Qué viva apenas
el tiempo de su escritura


***

El pájaro voló adentro de la sangre

No supimos a quién le dejó
la mudez de sus plumas.


***
Esta semana
se quedó quieto
como el café
que se empoza
en la taza
todas las mañanas.

Nos dejó huérfanos
en la orilla de la noche,
mancos y ciegos
exhaustos y mudos.

Esta semana
fue la cigarra
que muere
por su canto,

el amor.

(Inédito)

martes, 5 de enero de 2010

Poema de Rodrigo Alvarez

día veinticinco del último mes

1903

una estrella
entre barcas mediterráneas
guía hasta el cabañal valenciano
donde un niño asoma
sin magos ni reyes, solo
la imagen de la macarena y una vela
encendida

bautizado salvador
salvador jesús
el óleo sobre su frente pintó
un sorolla playero con matronas
bajo un sol tan puro que
se confunde con naranjos


1949

del tamaño de un grano de arroz
es la luz titilante
sobre el estuario plateado
que se abre a su mirada

¿qué imagina
tanta noche en cubierta?
¿cuanta fe
para seguir una estrella
hasta un diciembre argénteo?

tal vez la promesa de un edén
donde lo rojo no sea pecado
y una reina maga les de una singer
para zurcir el destierro y bordar
un futuro, entre sidra y pan dulce
la estatuilla de la virgen morena
parece hacerle un guiño
a la foto de evita.

en la radio
nat king cole canta
the christmas song.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Versión de un relato de Juan Diego Incardona

Los reyes magos peronistas



(*) Por Juan Diego Incardona
"Yo te daré, te daré Patria hermosa, te daré una cosa,una que empieza con P,¡Perón!""¡La juventud peronista sale a la calle y pelea, y si encuentra algún gorila si no lo caga lo mea!"


5 de enero a la noche en Villa Celina(1), calor y pegajosa humedad, la calle repleta de gente, de la escalera de la Unidad Básica de la calle Chilavert (artillero de Rosas, fusilado por Urquiza) surgen las estrellas de la jornada, Fabián Cabrera, el Uruguayo y yo, quienes, disfrazados de Reyes Magos, comenzábamos la peregrinación y el reparto de juguetes. Lito, consejal y puntero corrupto que después nos traicionó con el proyecto Centro cultural y Biblioteca para el Tanque de Celina, mostraba su cara más sonriente. La multitud de pibes se abalanzaba sobre nosotros, mientras las madres contemplaban el espectáculo desde la vereda de enfrente. El Chino, Miguelito y la Marta, tres de los niños más salvajes que ha visto el barrio, más interesados en hacernos la malteada que en los regalos y las golosinas que repartíamos, comenzaron a treparse a mi espalda, a propinarme toda clase de torturas y a poner en riesgo mi barba de algodón, que se despegaba a cada rato.
Finalmente, subimos al camión de la Municipalidad, previa discusión con el puntero por motivos varios pero aún irrelevantes. Una vez arriba, saludamos; la gente nos vivaba con entusiasmo épico. Fabián y yo, jodiendo, empezamos a levantar los brazos de un modo muy particular, representando aquel famoso saludo que hacía el General. La respuesta era inmediata: gritos, bombos galopantes, gente enardecida. El uruguayo, o "el negro", obviamente hizo de Baltasar. Era el favorito de los niños.
Por fin, arrancamos. Los chicos corrían atrás nuestro. Adelante se veían grupos en cada esquina, esperando a que pasemos. Alvarez, Blanco Escalada, Cnel. Domínguez, Mariquita Thompson, Giribone, Caaguazú, Avenida Olavarría. Allí, en la vereda de la Parroquia había un montón de pibes, y hasta los curas dehonianos, entre los cuales, dicho sea de paso, hubo dos que nos saludaron haciendo la V. Del padre Franco no nos sorprendía, ya que fue militante y compañero tercermundista de Mujica en la villa 31. (Padre Franco Festa, querido amigo, si Dios existe, ojalá te tenga en la Gloria. Lamento mucho aquella pelea que tuvimos. Me enteré que hace poco te moriste en Córdoba después de larga agonía. En la nota al final va mi homenaje con tus propios versos, cura obrero(2)) Por quien nos quedamos atónitos fue por el teólogo Leonardo, siempre tan conservador en su estilo y sus modos. Jamás le preguntamos nada.
Después de repartir alfajores a los pibes de la Parroquia, doblamos a la izquierda hasta Avenida Cruz (hoy Martín Ugarte). Allí doblamos nuevamente, esta vez en dirección al Mercado Central, más precisamente a su periferia: Las Achiras.
Lentamente bajamos la loma entre los potreros, escoltados por dos patrulleros de la Bonaerense que se caían a pedazos. Decidimos hacer una escala en la Virgencita de Luján que está en la entrada del Barrio Urquiza. En otra época, este poblado de casitas bajas y pasillos zigzagueantes se llamó Barrio Juan Manuel de Rosas, pero este nombre lo cambiaron por Urquiza durante alguna dictadura. Luego, le volverían a cambiar el nombre por Rosas en los noventa, aunque todos le siguen diciendo Urquiza, por costumbre.
Nuevamente repartimos regalos. Venía mucha gente de los edificios, tanto de los bajitos de tres pisos, como de las viejas torres que construyó Perón, o de los edificios estrella (tienen forma de estrella, fueron construidos durante el gobierno de Onganía y hospedan a familias de militares, divididos en edificios según la fuerza... está el de la armada, el de los aeronáuticos, etc). Por suerte, teníamos bocha de juguetes.
Terminamos la repartija; mi túnica verde acusaba un par de roturas debido a la exaltación infantil. Nos aprestamos, ahora sí, a ir a Las Achiras, así que nos subimos al camión nuevamente. Y ya estábamos listos, pero no nos movíamos... así estuvimos un rato, esperando... pero nada. "¡Nada, no arranca, loco, no arranca, y la puta madre que lo parió!" Y no arranca y no arranca. ¿Y ahora qué hacemos? A Lito se le borraba la sonrisa, empezaban los nervios y, para colmo, no paraba de llegar gente. Y no arranca... Probamos empujando entre varios, pero estaba muerto, no había caso. Lito empezó a putear al conductor que, evidentemente, no tenía la culpa. A alguien se le ocurrió que subiéramos todo a los patrulleros, pero los reyes nos negamos terminantemente, y la yuta también. Todo parecía perdido, jamás íbamos a llegar a Las Achiras.
Pero
Yo estaba apoyado sobre uno de los costados del camión, algo resignado y pensando en nada, cuando, de repente, entre la multitud veo a Rober y los escobitas, y fue un instante de inspiración nomás, un olor a rosas, una santa Evita. La idea tomó rápidamente forma en mi cabeza, así que me acerqué a Fabián y al Uruguayo y les dije lo que se me había ocurrido, en voz baja para que nadie me escuchara, especialmente el consejal. Gaspar y Baltasar se entusiasmaron inmediatamente; la Virgencita de Luján, en su ermita llena de flores, parecía de acuerdo.
Les grito a Rober y a los escobitas (Sandro y Marcelo) y les hago señas para que se acerquen. Les pregunté sin vueltas si nos prestaban alguno de sus medios de transporte. Se miraron un momento entre ellos. Y quizás se hablaban con los ojos, porque enseguida y al mismo tiempo los tres estaban de acuerdo, y al unísono me contestaron "sí".
Se fueron corriendo al terreno de los escobitas. Lito no sabía nada todavía. A esa altura de los acontecimientos, los reyes magos actuábamos por nuestra cuenta. La noche estaba llena de estrellas, y los potreros (manzanas enteras frente a la Virgencita) repletos de grillos y bichitos de luz. Mucha expectativa.
La providencia fue grande, porque no traían uno, sino dos, dos viejos carros, tirados uno por el Bambino, un caballo de blondas crines, y el otro por un mano de perro bastante mañoso. Los pusieron al lado del camión. La gente, Lito, los policías, empezaban a entender el plan de los Reyes. Nos subimos los tres al carro que tiraba el mano de perro, y en el otro (en el del Bambino) pusieron los juguetes. Con Fabián Cabrera nos peleábamos por las riendas. Acordamos tenerlas una cuadra cada uno. Empezamos a avanzar despacio, escoltados por la multitud que, espontáneamente, comenzó:
"Loooos muuchachooooooos peeroniiiistas toooooodos uniiidos triunfareeeeeemos yyy como siempre dareeeeemos uuuun grito deee coorazón ¡Viivaa Peroooón!, ¡Viivaa Peroooón!..."
...en Achiras, que ya sabían que íbamos, no había una multitud, había más. Cuando nos vieron entrar en los carros, se quedaron estupefactos, fascinados, pero sólo por un momento... después, la avalancha... la barba perdida, la túnica rota...
Se hicieron las doce. Muchas estrellas, muchos grillos, en la noche peronista.
Dedicado a Oscar Lorenzo Cogorno,fusilado en La Platael 11 de junio de 1956(3)
(1)Villa Celina está situada en el sudoeste del Conurbano Bonaerense, en el partido de La Matanza. Aislada entre las avenidas General Paz y Richieri, tiene ritmo pueblerino y aspecto fantasmagórico. Barrio peronista como toda La Matanza, su vida social gira en torno a los clubes, la Sociedad de Fomento, la Parroquia Sagrado Corazón y las escuelas del estado. Debe su nombre a Doña Celina, señora que poseía gran parte de las tierras que hoy conforman el barrio. En sus orígenes, fue poblada por españoles e inmigrantes del sur de Italia, como mis abuelos José y Lucía, o Juanita, la almacenera, o Antoña, su cuñada. Las primeras casas fueron construidas por los mismos inmigrantes, edificaciones generalmente bajas, con fachadas provistas de una puerta y dos ventanas, una en la pared exterior sobre la vereda, otra dentro del habitual porche. Con el tiempo, se construyeron barrios de monoblocks obreros o militares en sus zonas periféricas, como el Barrio General Paz, el Barrio Richieri, los edificios Estrella o los bajitos de tres pisos que están cerca del Mercado Central, fondo mítico que cuenta con un fuerte del siglo XIX que ha generado más de una historia. En las últimas dos décadas, el barrio recibió grandes oleadas de personas de origen boliviano, lo que ha generado que un sector de Celina sea denominado como "Pequeña Cochabamba". En su centro geográfico, frente a la escuela 137, se encuentra el famoso Tanque de Celina, de estructura circular y bastante alto, con escalera caracol en su interior. Desde sus elevadas tejas se domina toda la zona y hasta pueden verse otros barrios que pertenecen a Celina, como el Barrio Urquiza, Las Achiras y el Barrio Sarmiento, además de los vecinos Madero, Tapiales y Lugano. En mi infancia y adolescencia, durante la década del 70 y el 80, aún perduraban grandes extensiones de campo y potreros (hoy esos terrenos prácticamente han desaparecido) que propiciaban la aventura y el juego infantil en toda su dimensión. Quienes crecimos en Celina, hemos jugado en el campito hasta la oscuridad total y las nubes de mosquitos en la cabeza. Sus jóvenes frecuentan las esquinas, siempre con botellas de cerveza Quilmes en la mano y marihuana, a veces con una guitarra, a veces con una pelota de fútbol para el partido nocturno sobre la calle. Es un barrio de fierreros (hay uno o dos talleres mecánicos por cuadra) y de músicos. Tango y rock and roll siempre presentes, ahora también cumbia. Sus bandas siempre fueron numerosas, algunas conocidas como Viejas Locas (Piedrabuena y Celina), Callejeros y Villanos. En sus noches se percibe una fina niebla, iluminada parcialmente por los viejos faroles del alumbrado, se escuchan ladridos de perros (que abundan), tiros lejanos y muy cercanos, y una especie de rumor difícil de clasificar que interrumpe frecuentemente el diálogo en las veredas, quizás una especie de pasado, un sonido de pasado, un gol de Tino en el campito mezclado con la risa de los pibes del grupo "Perseverancia" y las puteadas de Carlitos el borracho.
(2)Changuito (poema perteneciente al libro Gritos y Silencios del Padre Franco Festa)
Al amanecer/ Con tu carrito/Vas/Con afán/Por las calles/De la ciudad/Changuito/En busca/De pan/Vas/A luchar/Contra el hambre/Y la sociedad/De la muerte/Vas/A buscar/Los trozos/En el basural./Al atardecer/De la ciudad/Changuito/Vuelves con sudor/En tu carrito,/Llevando/Una flor/De papel. Padre Franco Festa, Montevideo, Ediciones Pregón 1995.
(3)Muchos años después, mi primo, Tato Cogorno, fue a Lugano a sacar el registro de conducir. El tipo que atendía en la mesa, al ver su documento, le dijo, irónicamente, "Cogorno, ¿a ese no lo andan buscando por La Plata?". Tato le contestó "¿qué sos, gorila, la concha de tu madre?" y le pegó una piña. Salió rajando, mientras llamaban a la policía.
El Teniente Coronel Oscar Lorenzo Cogorno se sublevó el 9 de junio de 1956 contra el gobierno revolucionario que había derrocado al general Juan Domingo Perón. Cogorno contaba con el apoyo de doscientos civiles y suboficiales retirados. En esos días Perón estaba exiliado en Asunción, y muchos de sus seguidores habían huido, pero este grupo, junto con otros militares, como el General Juan José Valle, decidieron sublevarse. Es así que esa madrugada, en las inmediaciones del Regimiento, los vecinos vivieron momentos dramáticos por la lucha entre fuerzas leales y rebeldes. Ómnibus y tranvías fueron colocados como barricadas. Cogorno, junto al Capitán Morganti, tomó el Regimiento, y así distintas fuerzas combatieron toda la noche hasta que a la mañana la aviación marina, bajo la sorpresa y el temor de la población, bombardeó el Regimiento. Los aviones pasaban rasantes por sobre las casas de los vecinos. Finalmente Cogorno junto con sus colaboradores fue vencido y condenado a muerte de acuerdo a la ley marcial, y fusilado en el patio del Regimiento 7 junto al subteniente Alberto Abadíe.

*Publicado originalmente en el interpretador, número 15: junio 2005.

Antología (Hernaiz)

(*) Poemas de Sebastián Hernaiz

(Infancia convocada)

Casas

Zapatillas cuelgan
de los cables
cruzan calles, me señalan
no sé qué.
En Pomar y Saenz, un cable viejo
sostiene dos
zapatillitas de nene. Fumo, y las miro.
También acá
hay cables que sostienen
zapatillas colgadas. Me fui
hace diez años, o más, y el azar
de una fiesta una noche me trae
de nuevo a la Pompeya esquina Boedo.
Las calles empedradas no eran buenas, nostalgia
que contamina los poemas, no, no eran buenas
eran la casa temblando toda con cada colectivo. Ahora
veo pavimentaron la vieja cuadra en que viví. Camino
de la esquina de la panadería que a esta hora se luce opaca
hasta la puerta de casa. Era chico, y las cosas ahora,
ahora parecen chicas ellas. Un pequeño,
un personal lugar común. La puerta del garage, la madera clara
avejentada, le pusieron un cartel de plástico
"Garage. Prohíbido estacionar". Cruzo,
el balcón tiene rejas que lo envuelven, podaron el árbol
que se colaba en verano a mi cuarto. Nunca me escapé
de mi casa. Era chico y el árbol tenía ramas gruesas,
me golpeaba la ventana. No sé,
quizás fuera el viento, o nunca respondí a sus llamadas. ¿A dónde
hubiera ido? Las ramas se escalonaban,
a dónde. Las rejas, el cartel
rojo y blanco en el garage, y dos motores
de aire acondicionado
rompieron las paredes, ya no es mi casa,
cerró la tintorería de al lado, hay un locutorio
donde antes era la carnicería, y el mecánico de enfrente
se mudó a la vuelta, a un lugar más grande. Las zapatillas
cuelgan de los cables que cruzan calles. Chiquitas
de tela roja y goma
blanca, tiemblan
con el viento que se lleva
el humo que aspiro. No hay casi tránsito
a esta hora. Me esperan mis amigos en la esquina
hay una fiesta cerca, ya me saqué las ganas
del recuerdo. El cigarrillo no se acaba, pero lo tiro
a una zanja para escuchar la brasa que se apaga..
Una tarde, mi abuelo

Una tarde, con mi abuelo
fuimos al Sheraton a merendar.
Sería sábado, no recuerdo.
El cielo estaba gris y nosotros felices.
La confitería era en el piso no sé cuánto, uno alto.
Ahí aprendí que esa torre roja y blanca, con reloj,
era de los ingleses. La gente al lado nuestro hablaba en alemán. La señora
me regaló un pin con su bandera. Cada vez que paso,
ahora me viene esa tarde que no recuerdo, esas tardes con mi abuelo
recorriendo la ciudad, conociendo
bares, cafés. En uno, una vez, saliendo de la escuela, me enseñó,
la T tiene que ocupar todo lo alto del renglón. Todavía hoy, mi letra es mala,
pero imprimo en hojas lisas. Mi abuelo me llevaba
por confiterías y bodegones. Le gustaba el café con mucha leche,
me regalaba monedas de chocolate cada vez que me veía. Era alto, flaco,
adicto a los Suchard. Su pelada era lustrosa; igual,
siempre fue a su peluquería una vez por semana. Murió una tarde. Me acuerdo
los llamados, cierto mal disimulado ajetreo. Yo
me amparé en el resguardo
de ponerme la remera de Boca: FateO, decía. Tardé en saber
que no era una o sino una rueda, y desde el balcón -escuchaba, mi vieja enterándose-
mirar pasar los colectivos y tirarles
bolitas de papel con mi gomera improvisada; mi remera
iba humedeciéndose de lágrimas: nunca tuve tan buena puntería. Pero los colectivos
pasaban,
seguían,
y se iban.
(dos)

.
Lectura

Para mañana despertar temprano, por eso de ir a trabajar,
la noche ya nos tiene hace largo rato acostados.
No dormimos, sin embargo, y le leo a mi chica
un poema. Sin importar de quién,
elijo un libro de una fila que se extiende al borde de la cama. Contra la pared,
libros apoyados en el piso que se hizo biblioteca al lado del colchón:
no sé qué poema leeré, qué poema le leeré, alguno corto,
alguno corto parece lo mejor. ¿Para qué se le lee un poema a una chica,
en la cama, siendo tarde y que mañana hay que ir a trabajar?
Después de escucharlo, me abraza y no dice nada. Su piel desnuda
me da calor, así, acurrucada, y sé que cierra los ojos, que quiere dormir.
Yo sigo leyendo los poemas del libro cualquiera. Pero pierden gracia ahora
y los ojos empiezan a pesar, el velador encandila
y las letras adquieren un volumen difuso. De pronto
creo tener el tono de un poema. Pero dejo el libro
abierto boca abajo, apago la luz, y me duermo abrazado.


Fin de semana

//
es cansado este viernes
pero la noche
la noche promete

//
fuimos
la fiesta no era tan
nadie quiso ir a desayunar

//
boca abajo vos
dormimos en abrazo
yo boca arriba

//
el mate está caliente
otra vez
no pude ni cuidar la pava

.
Separación (I)

Y ahora qué hago con las cosas
como la forma en que guardabas las galletitas
para que no se me humedecieran, con la forma
en que cuidabas que hubiera siempre
agua en la heladera. De sed se agrieta el mundo:
el agua tibia de la canilla deshidrata, me seco
ahora, con las botellas tiradas en cualquier lado,
las galletitas humedeciéndose porque no sé,
no sé. Me evaporo.
Una chica tiene que ser muy linda
para saber guardar con gracia galletitas.


Separación (II)

Cuando la conocí dejó de fumar
y yo dejé de comerme las uñas. Ahora
pienso que yo fumé cada vez más. Ella no,
no se comía las uñas nunca, pero algún vicio tendría
por más perfecta que la recuerde. Ahora descubro,
después de años de comerme las uñas,
y después de dos años sin comérmelas,
después de dos años en que ella
me agarraba de las manos
y me las cortaba con cuidado, mirándome feliz,
ahora sé, descubro lo fácil que es cortarse solo
las de la mano izquierda, lo difícil
de cortar
solo las uñas de la derecha.
Hay cosas que uno se da cuenta cuando extraña.
(poemas del poema)

¿Qué cosas son, acaso, el poema?

"Materia de disputa la poesía"
S. Raimondi, Poesía civil.

¿Qué cosas son, acaso, el poema,
aquellas luces de la tarde reverberando en las hojas, acaso, de estos árboles de primavera,
la mueca nueva que encuentro en tu cara, el silencio dormido,
o esta oscuridad baldía que algunos llaman noche? ¿Qué
cosas son, acaso,
acaso son
tu desnudez bajo una sábana, acaso el tono de una guerra?
¿Qué cosas, qué, qué poema es? ¿Acaso
el que se escape al repetir
del repetirse, qué,
cómo, pueda huir del ser de nuevo
uno más del engranaje, cómo,
poema, acaso, ser sentido nuevo del sentido, ser lenguaje
crítico de lo dicho, qué cosas
son, acaso, el poema,
la crítica festiva, el festejo crítico, la grandilocuencia, el tonito amanerado, qué
cómo
cómo el poema como piedra
a ser tallada, cómo el poema
arrojable al medio de la tanta nada? ¿Acaso qué,
no se lee, no se escribe a fuerza de trabajo el poema ya escrito en la mugre de las uñas,
o se va de cero a uno y de ahí hasta el poema? ¿Qué cosas son,
acaso, el poema,
el verso limpio, una mirada, prisma ágil, acaso ritmo? ¿Acaso son mis disyuntivas
falsas? ¿Qué cosas son, acaso, el poema? ¿El poblarse de marcas
de época, acaso, o acaso marcar la época? ¿Trabajar la contemporánea eternidad es, acaso, el poema?
¿Es mi recibo de sueldo un poema, acaso? ¿Es un forro, acaso, al menos un esbozo acabado? ¿Acaso es,
mi cuerpo transpirado de trabajo y sexo un manifiesto estético, tal mi pose? ¿Qué cosas
son, acaso, el poema? ¿Las sensaciones, las ideas,
algunos muertos? ¿Las condiciones materiales
del lenguaje, tradiciones, acaso algunas transacciones? ¿Son
acaso las dudas, sin dudas
acaso las certezas, la política y o la pereza, crear o discutir, qué, qué cómo, qué? ¿Qué cosas,
qué, acaso, el poema? ¿La búsqueda
rondando el objeto, intimando, qué, la construcción de una historia
de la lengua, su económico y geométrico juego de un nosotros? ¿La búsqueda es
de la búsqueda, quizás? ¿Entonces, o no? ¿Qué cosas son, acaso, el poema?.
manifiesta

pende en la pendiente cotidiana
una mente atrofia corporal

se inclina
putita linda ante la debacle
social sensual personal
numérica y cromática
-mucho negro dando vuelta-

la envuelve
-todos negros girando en rededor suyo-

numérica y cromática
-muchomucho mucho negro y alguna negra linda-

y el alud -y entonces, ¡atención!- de realidad se traba en los versos
¿la poesía es pendiente de por dónde alud penderá, caerá?
¿la poesía está pendiente? ¿del alud? ¿de la pendencia constante de la realidad que rueda, roda, horada?
¿acaso pendiente, entonces, de si acaso no es ella la pendiente por donde alud penderá, caerá rodando arrastrando versos contra el último rincón de una página, deshechos versos en montón de negros caracteres estrolados contra el filo del margen de una hoja?

-ay, negrita linda, la poesía me puede
y sé que tu embarazo de quince meses y ocho versos no va a tener techos donde llorar
y sé que te haré llover regalos inútiles chiches coloridos tarjetitas caras con sonido pero el nene no habrá de tener qué comer-

y canto:
“ay, negrita linda,
la poesía me puede
y sé que tu embarazo
de quince meses y ocho versos
no a va a tener techos donde llorar
y sé que te haré llover
regalos inútiles
chiches coloridos
tarjetitas caras con sonido
para el nene que no habrá
de tener
qué comer”

(presente continuo)

Asado

Parece domingo
en la mesa de asado a las cinco de la tarde, parece atardecer
este mediodía extendiéndose.
Voces relatan,
atardece, domingo
en mesa de vinos, parece se continúa
en carne fría, mayonesas. La charla
se agudiza en lo que hoy de los setentas
todavía, y lo que hoy de hoy no aún pero la carne está
feteada en tabla de madera
y todavía hay coca y ron y whisky para acompañar la picada, la política
del diálogo puede ser
llegue desde ayer
esta vez
hasta mañana.


Prismas

"La poesía se transformó en el prisma
privilegiado para detectar las zonas
más lábiles del cambio social."
A. Schettini, Antología Monstruos

veo caer sobre mí las horas
domingos entumecidos del levantarse atardecer. los siento
anacrónicos: temor a las fechas de vencimiento, a ser
residuo de épocas pasadas. ¿épocas
pasadas?¿de qué
estoy
hablando? veo las horas frente a una máquina
conectada a todo el mundo de máquinas conectadas. veo
pasar las noches contadas en restos de puchos
en actualizaciones de las páginas de los diarios hegemónicos del día a día. pulso el tiempo al son
del download de miles de mp3 que me van a llenar del virus. veo el día
a día consumirse como brasa en la punta del papel que arrollo de tabaco entre mis manos. tengo marcas
en los dientes, en los dedos: biromes y restos colorantes que fumé. los codos fláccidos
de sostener el tipeo. olores a cuerpo
en mi cuerpo se sienten, siento. la música húmeda que nace de las pieles deslizándose, el pudor
el relato que anoche. pero aun tenemos ciertos
rincones en el alcohol nocturno de las calles: se empalman los días con la moneda
sol trinfante plasmado como signo de grandeza, viejita, un peso, viejita qué:
lo veo empujándome
sol diurno cada día desde la ventana de mi sueldo. necesito
el amparo amoroso, la tardecita.
tengo días
y días somnolientos. tengo
noches frágiles como dogmas: necesito
imágenes para sobrevivir de pensamiento. necesito
ritmos de ensillar lo aburrido.