jueves, 6 de mayo de 2010

SEMINARIO GABO FERRO




Sabado 8 de Mayo, 17hs
Seminario Gabo Ferro,una voz en proceso:diferencia y tradición.
Este Sábado 8 de mayo, a las 17 hs, arranca el Seminario sobre Gabo Ferro. De entrada libre y gratuita. Seminario de extensión organizado por Astier, Alumnos de la Facultad de Humanidades UNMdP en conjunto con el Grupo de Investigaciòn "Literatura, polìtica y cambio".
Entrada libre y gratuita.
Cronograma:Sábado 8/05 Letras: Nancy Fernández; Edgardo Berg.
Sábado 15/05 Filosofía: Ignacio Martincic
Sábado 22/05 Política de medios, distribución, la obra en el mundo moderno: Soledad D´Antonio.
Sábado 29/05 Política de género(s): Fabián Iriarte
Sábado 5/06 Historia: Benjamín Rodriguez y Alejo Reclusa.
Sábados 12/06 y 19/06 A confirmar aún. Artes plásticas y música.
Sábado 26/06 Cierre.
Unidad 1: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”: Capitalismo y Modernidad: Disolución y caída de las tradiciones epistemológicas sustentadoras del concepto de Modernidad. La poética del Capital y sus efectos en la narración: hibridez genérica y tradición.
Unidad 2: La prolijidad de lo real: Poesía y política: la respiración adorniana que habita esa relación, forma y contenido como engendramiento de la fórmula. Historia y escritura: el uso de la microhistoria como efecto metonímico del tiempo en relación a la Historia mayor que lo engendra.
Unidad 3: Volver al jardín: Memoria y tradición: el silencio como forma de un contexto, las voces de la derrota o el olvido que refluyen en el pensamiento a partir de su carácter de artefacto.Los Esperamos!--El Galpón de las Artes
Jujuy 2755 - Mar del Plata - Argentina
tel: 54 0223 496 4030

martes, 20 de abril de 2010

PLEBELLA

Ya salió el número 19 de la revista Plebella. El número contiene una maravillosa y exclusiva prosa inédita de la poeta Amelia Biagioni, acompañada por un ensayo sobre su obra realizado por Valeria Melchiorre, compiladora de su poesía completa. Además una extensa entrevista al poeta argentino Javier Adúriz, junto a poemas inéditosy una conversación entre los peruanos Roger Santivañez y Reynaldo Jiménez. Mariano Massone escribe el ensayo El Cuchillo de Abraham y publicamos algunos de sus poemas de Nomadismo Hermético. Celeste Diéguez cuenta en Sembradores de Fósforos la génesis de su libro La Capital y Verónica Yattah y Lucas Soares responden la encuesta Artes Poéticas/ AiresContemporáneos (poemas de Lucas y de Verónica pueden leerse ya mismo enwww.plebellacontemporanea.blogspot.com). Reseñamos libros de El mal paso y Cilc, Leopoldo Castilla, Jorge Naparstek, y la novela de Blanca Lema. Suscribite ya! Es muy fácil!

martes, 13 de abril de 2010

BAZAR AMERICANO

Se actualizó Bazar Americano, el sitio web de Punto de Vista dirigido por Ana Porrúa.
http://www.bazaramericano.com/ (Zelarayán,Bellatín, Bignozzi, Schettini, Ríos y más)

viernes, 9 de abril de 2010

CRITICA CULTURAL

Salió el esperado número de la revista digital producida en Brasil, Critica Cultural, con un volúmen 2 de interés general en lo que hace a la cultura iberoamericana. Sin olvidar la historia tampoco se olvida de las producciones culturales contemporáneas, incluyendo los nuevos artistas argentinos. El equipo directivo esta constituído por Carlos Santos, Fernando Vugman y Jorge Wolff y entre los miembros del comité de redacción están nuestros amigos Raúl Antelo, Edgardo H. Berg, Mario Cámara, Florencia Garramuño, Idelber Avelar, Silviano Santiago, Ana Cecilia Olmos.


http://www3.unisul.br/paginas/ensino/pos/linguagem/critica/0402/00.htm.

viernes, 2 de abril de 2010

GABO FERRO por Joaquín Correa



Notas sobre Gabo Ferro
por Joaquín Correa
(fotografía de Lucía Muraca)


Un mito fundacional

La mayoría de las entrevistas, notas o reseñas acerca de Gabo Ferro se refieren, de modo más o menos extenso, a su paso por el hardcore en los años noventa con Porco, recalcando con ello varios elementos: su trayectoria musical, sus diversas actividades durante los años silenciosos y el vuelco que dio su carrera (tanto en el aspecto musical como en el poético):
La historia reciente del autor se sintetiza en una extraña cadena de sucesos: el 31 de marzo de 1997, en el Hotel Bauen, Gabo enmudeció (literalmente) en el tercer tema del último show de Porco, banda de la que fue un performer revulsivo y un ideólogo detallista. Esa noche salió corriendo por Callao y, al día siguiente, comenzó a cursar Historia en la Universidad de Buenos Aires. (Rolling Stone, julio de 2005, 36)
La anécdota es una pieza temprana de la definición de Gabo Ferro en tanto artista y agente cultural: aquel músico que frente al supuesto éxito enmudece en medio de un show y se refugia dentro de otro círculo, en principio totalmente ajeno. Metáfora que se entronca dentro del pensamiento de la circulación y la concepción del disco como objeto documental y, sobre todo, artístico, y que, al mismo tiempo, da como resultado el principio de la diferenciación entre la música y la industria musical. Una escena, en fin, que identifica a Gabo Ferro y que justifica a su proyecto y a la concepción (alumbramiento y reflexión) de éste.

Circuitos de producción

Sus cuatro primeros discos fueron editados de forma independiente (los tres primeros bajo el sello Azione artigianale, perteneciente a los músicos de Pez y que se plantea como un emprendimiento de músicos por y para músicos; mientras que el cuarto, en cambio, lo editó sin siquiera sello), al tiempo que, de algunos de ellos, publicó un registro en vivo, un “pirata oficial”. Sus circuitos de circulación son específicos y conscientes, manteniendo en ellos directa participación y responsabilidad. El artista está decidiendo el rumbo y los lugares de inserción de su obra: ninguna presentación se encuentra fuera de la órbita de sus producciones ni de las “expectativas de lectura” de sus receptores. Su pensamiento quiere abarcar todo el proceso de circulación de la obra, desde la producción en tal o cual lugar, bajo tal sello y en tales condiciones, hasta la decisión sobre en qué lugares tocar y bajo qué expectativas o público. El texto que sirve a modo de tapa de su segundo disco, Todo lo sólido se desvanece en el aire, funciona en este sentido como su manifiesto:
(…)
¿Qué nos hizo perder de vista –si bien las acompañan más o menos sinceramente dependiendo de cada caso- la imaginería, las agencias, los medios masivos de difusión y comunicación, los productores full time, los diseños gráficos, los sponsors y las compañías discográficas que hacen los discos pero no las canciones? ¿Por qué algunos músicos se representan en imágenes antes de imaginarse su mejor canción? ¿Qué nos lleva a pensar en fotografías o en dibujos como una cuestión obligatoria para un disco?
Se ha establecido un patrón de producción que apunta a instalar por un determinado período de tiempo un solo arte, una sola imagen plástica, una sola música, en definitiva, una sola canción que, lejos de resultar democratizante, resulta anuladora de identidades.
Que no se confunda lo fundamental con lo accesorio. Un disco son canciones; un disco es música. Lo demás es agua que se evapora en el aire. (Gabo Ferro, 2006)
Agua blanca, pato negro: el total despojamiento, el regreso a la música, al disco, junto a la negación de todo el aparato que se monta a partir del momento posterior a la canción. Sitúa a Marx y Engels en la portada del disco, en su título y también dentro de él con una cita del Manifiesto Comunista: gesto tildado de inútil en tanto proclama política, decepcionante1 y hasta en cierto modo vanidoso, cuando inicialmente fue pensado y diseñado como una declaración de principios del artista, una “política editorial” y productiva, la explicitación de su pensamiento sobre el arte y la cultura dentro de la sociedad capitalista. Tales palabras ponen de manifiesto tanto la consciencia del medio y de los medios, de la lógica del campo y su funcionamiento, como también el poder crítico y subversivo que puede atribuirse el arte mismo desde su propia enunciación y presentación en tanto arte-facto.
Cómo quiero que me escuchen: la palabra en acto, tomando forma, situándose desde el nacimiento del canto mismo.

La música y el disco

A partir de todo lo antedicho parecería aventurarse que su poética estaría basada en el canto revolucionario, siguiendo el estilo de la canción de protesta o de los trovadores de los sesenta a esta parte. Y sin embargo, no: sus letras colocan el foco en el amor, en el universo particular que crea y configura. Y aun así, su bagaje intelectual, su posición ideológica y su trayectoria académica no se mantienen al margen y podrían rastrearse en la utilización y selección de ciertas palabras, de ciertos tópicos y situaciones.
Todos los discos poseen un breve texto que explica la razón del título, y en el caso de dos de ellos se encarga de definirlos como “documentales”. Los títulos son el elemento que encuadra a las canciones, anticipando o sintetizando su tono predominante.
Canciones que un hombre no debería cantar (2005)
La portada lo muestra a Gabo en un primerísimo primer plano, sobre cuyos labios cae una flor blanca (margarita, quizás). Las fotos del libro pertenecen todas al proceso de grabación y en su justificación dice lo siguiente:
“¡Un hombre no debería cantar cosas así!” declaraba escandalizada Edith Piaf en 1959 después de escuchar interpretar a Jacques Brel Ne me quitte pas. Allí Brel interpretaba a un hombre que suplicaba no ser abandonado bajo palabra de reducirse casi a la nada. ¿Qué escandalizaba a la Piaf? ¿Acaso ver a un hombre en el lugar que cierta (gran) parte de la sociedad y la cultura venían (con pocas excepciones) colocando a la mujer? ¿Qué cosas deberíamos, entonces, cantar los hombres?
Planteo revolucionario desde el punto de vista del deber ser, del deber decir y expresarse permitido por la sociedad y sus estereotipos. De allí, un disco documental sobre el amor, sobre temas y modos que, colocados históricamente en la mujer, parecen ridículos, cursis o sensibleros en la voz del hombre. Ópera prima dedicada a presentarse en el campo con una poética: instaurar su modo de decir, negando el silencio establecido por lo inadecuado para el sexo: “Las canciones de ese disco no estaban dentro de un género definido y me pareció que todas se tejían bien entre ellas porque todas eran inconvenientes en mi boca, porque era un varón”.
Las letras exploran los diferentes estadíos amorosos junto con otros aspectos más generales del hombre: desde la separación, la depresión y sus ansiolíticos, hasta la narración de historias familiares marcadas por el secreto de la homosexualidad. “El amigo de mi padre”, en tal sentido, resulta interesante al momento de pensar la producción de Gabo y los corrimientos o suturas en el vínculo realidad – ficción. Al definirse como canciones de autor, el yo que éstas presentan se desdibujan con la figura de autor que aparece impresa en la portada, dando lugar con ello a la confusión de la vida y la obra. Así, las alusiones a la familia, las relaciones amorosas o varios de sus tópicos recurrentes (el jardín, la noche, el niño, la infancia, los animales) toman otro cariz, relacionándose directamente con su figura o perdiéndose en registros sin posibilidad de categorizaciones arbitrarias.
El verbo utilitario es negado y desterrado de la relación amorosa (en “El amor no se hace”) según la acepción moderna, industrial y productiva: capitalista y colonial, situando con ello al amor en la antípoda de lo productivo, como algo ajeno a los parámetros de la oferta y la demanda. Una canción desde la antítesis, que deconstruye uno de los principales modos de decir el amor. Una canción que conjuga al hombre artista con el hombre intelectual y que abre el camino hacia lo que sería la tan controvertida edición de su siguiente disco.

Todo lo sólido se desvanece en el aire (2006)
Disco totalmente blanco marcado sólo por el negro de las letras, muchas de ellas de filiación marxista. Ante el no-arte de edición las posibilidades de atribuir una justificación precisa se diversifican: decir, enunciar, declarar, declamar, silenciar, legitimar, replicar, contradecir. En todo caso, evidencian la conciencia del artista del campo cultural y las leyes que lo rigen en tanto se (lo) define como mercancía: realidad evitada de un espacio que se pretendía autónomo:
¿Qué debatirías en la música?
Las maneras de producción. Lo primero que hacen las nuevas bandas es colgar en internet una foto ¡sin instrumentos! Los deseos de muchas grandes bandas es firmar con un sello cuyos catálogos los deshonran. Yo soy muchísimo más ambicioso que todos: yo trabajo para la historia (Entrevista Viva)
Una vez más vuelve a cantar aquello vedado para el hombre, sentimientos amorosos dicotomizados en el polo negativo de lo femenino. Se suma aquí la narración muy peculiar de un diálogo (una plegaria de) con Dios, el desarrollo de imágenes muy concentradas y hermosas relacionadas con la naturaleza y la profundización en el tópico de la muerte.
Tres canciones voy a recalcar, unidas por una idea similar pero de constitución diversa. La primera de ellas es “Costurera y carpintero”: mediante la narración de una historia se invierten los roles asignados (históricamente) al hombre y la mujer, dando lugar a la eliminación de prejuicios y originando a partir de allí a un nuevo sujeto híbrido que hace frente a los convencionalismos y sus imposiciones:
Me enamoraré de una buena costurera / una mujer diestra, una buena mujer con cuerpo de niño y manos bien dispuestas. / Yo la amaré y la protegeré. De todo el terror de la naturaleza, / ella me amará y coserá para mí los mejores vestidos para mis muñecas. // Ella será sabia y sabrá sonreír cuando le griten niño costurera, / dirá que nada importa si estamos enteros. / Niño costurera y niña carpintero.
Desde las figuras casi infantiles, tradicionales, de taller, se dirige hacia la crítica de lo impuesto. El relato sirve para decir algo más: “usar algunas cosas casi de la microhistoria, es decir, tomar un suceso chiquitito para hablar del problema grande”.
La otra canción es “Si es hombre”, donde nuevamente se plantea el hecho del deber ser y sus límites sexuales permitidos. Un soldadito que se encuentra entre el recuerdo de las canciones de la madre y la bandera de guerra, hacia el cual se dirige la voz, diciendo:
Y cante fuerte vencedor / y cántele a sus mujeres / que ellas saben transformar / todo el dolor que les duele. // Llore mucho peleador / y cuente que le contaron / para poder combinar / ser asesino y cristiano. //Adórnese con flores / todo el pelo. Deje de ser soldado. / Sea un hombre entero.
Consejos para el hombre asesino y cristiano: la posibilidad de asumir otra naturaleza, aquella de la infancia, aquella quizás auténtica por inocente, por su bondad y por la sociabilización primaria cerca de la madre, cerca de la vida, el tiempo y el mundo.
Por último, pero también en la misma dirección, se encuentra el relato de una microhistoria de carácter lésbico (“La cabeza de la novia cayó”). Allí se narra el fallido casamiento y posterior asesinato de una novia junto con su amante. Utilizando un lenguaje arrancado –para nada plano- de los discursos ajenos (desde la poeticidad con falsa inocencia hasta la xenofobia con tintes médicos), pinta de modo magistral situaciones, diálogos e imágenes de un fresco potente y revolucionario desde lo temático hasta lo narrativo – compositivo. Una microhistoria más, de igual intención pero de un tono mucho más agresivo, que contempla audazmente a las instituciones y pilares de la sociedad (el casamiento, la iglesia, el ser heterosexual).

Mañana no debe seguir siendo esto (2007)
El siguiente disco muestra en la tapa a Gabo en un primer plano, con los ojos delineados y cantando. Las fotos del interior o son de instrumentos (la guitarra predomina sobre el diseño) o están centradas en la acción de tocarlos. Con esta idea parece hacer hincapié de modo visual (como antes lo había hecho desde lo textual) en la música, la acción de cantar y de tocar instrumentos. Las fotos no escenifican nada, ni son tomas de poses: son, simplemente, la música en movimiento, en acción, la música en estado.
El texto que acompaña a las letras expresa lo siguiente: “Este es un disco con el amor como tema central de un universo romántico clásico; la naturaleza, la noche y el destino trágico de las cosas como escenario profundo de un yo –que somos nosotros- que se resiste a que mañana siga siendo esto”. Las canciones, así, se internarán en el mundo amoroso, en varias de sus facetas. Se afianzan sus tópicos, sus narraciones, la descripción de imágenes y parábolas.
Nuevamente el decir aquello ajeno al hombre, y en este caso desde una constelación de elementos cuyas raíces se encuentran en otro siglo, con la intención de huir así de los clichés, único modo que parecía aceptado y permitido para hablar del amor:
–Mañana no debe seguir siendo esto... otro título que, como su segundo disco (Todo lo sólido se desvanece en el aire), alude a este juego entre pasado y presente.
–En este disco quería tratar el tema del amor, hacer una pirueta semántica para hablar de él, sin caer en el tú me amas y el yo te amo. Lo que hice fue pararme en lugares de la historia y ver dónde estaba el amor... en los ’60 no, porque ahora encima existe esto que la industria llama neofolk, y entonces me fui al romanticismo alemán del siglo XIX, y empecé a componer bajo la estructura de la naturaleza, la noche, la muerte, el folklore o la religión. Quería usar un título que estuviera casi vacío para que quien lo leyera pudiera cargarlo con su propio significado... la verdad es que el secreto del título está en la palabra “esto”, porque mi “esto” seguro que no es el mismo que el suyo. (Entrevista Página 12)
Y una vez más el desafío a la industria, a lo esperado por ella, a lo impuesto que se siente en el decir, en la expresión, en lo permitido para poder vender. Un nuevo gesto de independencia que vuelve a la tradición para esquivar imposiciones: la revisión y relectura en busca de algo que diga sin la predisposición innata al consumo: la negación de la moda.

Amar, temer, partir (2008)
Manifestación de la intención del músico de editar un disco por año, ignorando con ello las imposiciones del mercado y sus procesos de circulación y recepción. Todo el material, previamente inédito, fue grabado en vivo en dos conciertos: allí, otra cualidad de su batallar. Canciones inéditas para un público que las desconocía; sin coros, por tanto, con un clima totalmente silencioso, de expectación. El artista no espera que coreen sus temas, el artista hace su show pretendiendo que lo escuchen íntegro.

Notas
1 “El texto, en relación con las canciones, decepciona doblemente. Primero porque así, lejos de eliminar las mediaciones, para él accesorias, entre la música y el oyente, no hace más que interponer otras, aun más opacas. Pero además porque del texto se desprende una añoranza por un pasado más firme (que no se deduce de la cita de Marx y Engels) que podría imprimir a algunas de las canciones una nostalgia ingenua por un mundo pre-urbano, pre-tecnológico, pre-capitalista, y así .” Crítica a Todo lo sólido se desvanece en el aire de Patricio Orellana, Rolling Stone. S/d.
2 Grabados en escasos días (uno o dos), a contrapelo de las industrias discográficas y sus procesos de fabricación del producto. Gabo Ferro postula la producción en vivo de sus discos, trabajando en el estudio, con una idea guía que refleja el tono del disco y su atmósfera.
3 Ana Laura Pérez, “Entrevista a Gabo Ferro. El que merece amor”, en Revista Viva, nº 1695, domingo 26 – 10- 2008.
4 Cristina Vitale, “Entrevista a Gabo Ferro. Las canciones del trovador moderno”, en Página 12, Viernes 19 de Octubre de 2007.

martes, 23 de marzo de 2010

Se publicó en Pittsburgh el nuevo libro sobre Arturo Carrera



Ficha: Nancy Fernández y Juan Duchesne, eds., La poesía de Arturo Carrera. Antología de la obra y la crítica. Pittsburgh: Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2010, 396 pp. ISBN 978-1-930744-35-6.
Introducción y prólogo a cargo de Juan Duchesne y Nancy Fernández. Los trabajos críticos nos fueron cedidos por Raúl Antelo, Ricardo Corona, Mario Cámara, Joaquín Correa, Sergio Chejfec, Nora Dominguez, Romina Freschi, Tamara Kamenzsain, Reinaldo Laddagga, Daniel Link, Anahí Mallol, Silvio Mattoni, Alan Pauls, Paula Siganevich, Saúl Sosnowski, Ariel Schettini, Diego Vecchio, Joca Wolff ; solicitamos permiso a Tamara para publicar una nota de Héctor Libertella y a Arturo para sacar unas líneas de Osvaldo Lamborghini.

viernes, 5 de marzo de 2010

BARÓN BIZA vía Ferrer (por Sebastián Hernaiz)












Notas sobre Barón Biza, el inmoralista, de Christian Ferrer[i]


(*) Sebastián Hernaiz


1 - en primera

Hace un tiempo, Juan Pablo Liefeld me invitó a escribir un ensayo sobre el Barón Biza de Christian Ferrer para
una revista que estaba planeando. Por eso escribo estas páginas. Y empezarlas así no es capricho, sino el modo que creo ajustado a los fines de este texto: escribir sobre Ferrer.

A fines del año pasado, con su lúcida y perfectamente desprolija prosa,
Liefeld también escribió sobre este libro y este autor. En su ensayo empezaba contando cómo había llegado él mismo a leer algunos de los textos de Ferrer, y cómo a escuchar sus clases y algunas charlas y conferencias. Tal vez sea pertinente, entonces, para empezar, decir que en alguna medida con Juan Pablo lo primero que nos cruzó en simpatías fue el gusto por textos de Ferrer y algunos de sus compañeros de generación, como los de la revista El ojo mocho, donde compartía plantel con María Pía López, Eduardo Rinesi y Guillermo Korn, entre otros muchos. Con varios de esos nombres sobre una mesa, apilados al lado de cervezas y cigarrillos en forma de libros, revistas o fotocopias, no faltaron, desde entonces, noches en que los hiciéramos parte de charlas ebrias junto a Diego Cousido, Hernán Sassi o Juan Leotta, entre algunos otros amigos con los que nos juntábamos a divagar y emborracharnos: noches eternas que con los pasos quebrados de la vida se fueron sucediendo e interrumpiendo.
Para empezar a escribir sobre un libro de Ferrer, lo primero que habría que tener en cuenta es que no puede significar poco que un texto –los textos de Ferrer, en este caso- haya podido funcionar como un canal de comunicación para la amistad, de un modo que es afectuoso e intelectual, al mismo tiempo, como una cosa única que se extiende en charlas y escritos.
Por eso, cuando Juan Pablo me invitó a escribir, sólo quise decir que sí.

2 - la curiosidad y las disgresiones

Empezar en primera persona para hablar de un libro de Christian Ferrer no es casual o capricho. Es el modo que sus libros parecieran pedir. Porque el propio Ferrer se presenta, en su libro, como una primera persona que, sin caer en el egotismo exhibicionista, se da a conocer sin ocultarse tras la objetividad del escriba distanciado. Ferrer escribe como dándose a conocer, presentándose a sí mismo como sujeto atravesado por la historia y los lazos sociales que lo constituyen y hacen del individuo un hecho comunitario. El diálogo que abre el autor queda entablado inevitablemente desde ese lugar. No hay un objeto de estudio cauterizado que aflora de la investigación minuciosa. Hay investigación, sí, y por demás minuciosa y documentada, pero lo que se escribe no es el informe sobre un objeto de estudio. Lo que se escribe es la historia que surge de múltiples encuentros: “¿Qué sabía de Barón Biza cuando encontré sus libros?” se pregunta al comienzo del texto. La pregunta es central en el modus epistemológico y constructivo del libro. Para Ferrer, su anécdota individual amerita ser contada, porque en su itinerario personal destella con claridad la forma en que una sociedad digirió los libros y la historia de Barón Biza, y como esa, otras tantas historias y libros.
Pronto entendemos que Barón Biza - El inmoralista será un libro lleno de potentes disgresiones. Ferrer recuerda haber llegado al nombre de Barón Biza por comentarios escuchados en librerías de viejo; en librerías de viejo que serán luego el único lugar donde encuentre libros de Barón Biza. Comentarios y libros residuales: a partir de estos datos Ferrer se permite, entonces, una primera disgresión: se abre el espacio para reflexionar sobre el lugar y la función social de las librerías de viejo hoy día. El libro que lleva por título Barón Biza muestra pronto una de sus costuras: la vida pública de Barón Biza es un cordel alrededor del cual la capacidad narrativa y reflexiva de Ferrer irá entretejiendo disgresiones sobre distintos fenómenos que ameritan ser relatados.
En librerías de viejo encuentra Ferrer los libros de Barón Biza, y allí también escucha el nombre y las historias que lo impregnaban. Porque Barón Biza, luego de su muerte y su desaparición de la escena pública, fue durante mucho tiempo eso: una leyenda balbuceada en los subsuelos, un relato entre el polvo de los libros usados. Este estado de la historia seduce a Ferrer, que escucha las voces bajas y repone el origen del relato: “su nombre venía engarzado a episodios tormentosos pero cuya consistencia era casi exclusivamente oral
[1]. Son innumerables las anécdotas que se le atribuyen. Cuántas son ficticias o auténticas es imposible saberlo ya. Llega un momento en que los mitos se independizan de su fuente. Su obra, al fin, se licuó en dos géneros menores: la crónica negra de la literatura y los rumores que suelen deslizar los seres de la trasnoche”.

3 - un hombre inverosímil

A poco de comenzar su libro, Ferrer recuerda una nota que sale en un diario como comentario de la primera novela de Barón Biza. Decía el diario: “Barón Biza es un hombre extraño e inverosímil
[2]”. De inmediato resulta interesante el efecto que podía generar Barón Biza entre sus contemporáneos: “un hombre inverosímil”, dice el periodista. No se dice en el diario “una novela inverosímil”, se dice “un hombre”. “Un hombre inverosímil”. ¿Cómo puede, un hombre, ser inverosímil?
Es famoso un comentario, una paradoja similar. En un café dos hombres juegan ajedrez. Hace unos meses hubo en la ciudad un alzamiento militar que fue reprimido con violencia por las fuerzas estatales. Saldo de la refriega hubo varios fusilados. En el bar hace calor. Un hombre dice, al pasar: “-Hay un fusilado que vive”. La paradoja se convertirá con los meses en un libro fundamental. Estamos hablando, claro, de Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, donde todo comienza de una “historia increíble” que se “cree en el acto”. La potencia de lo inverosímil.
El antecedente no es menor y acaso ahí se encuentre uno de los afluentes de la tradición que alimenta el libro de Ferrer: escribir sobre la verificable existencia de un hombre inverosímil; escribir sobre los mecanismos sociales, sobre las formas de la sociedad que hacen de un miembro de ésta, un hombre inverosímil.
El relato que hace Ferrer de la vida de Barón Biza –“de ciertos momentos en que sus acciones la hicieron notoria ante la opinión pública”- no es ni una exégesis ni una condena de la figura de Barón Biza. Es un intento de indagar el modo en que este hombre inverosímil fue posible y el modo en que entrelazó sus días con los de la sociedad argentina del siglo XX. No en vano Ferrer elige pronto recordar una frase que podría ser una respuesta a aquella esquela de periódico. Barón Biza escribió una vez: “Más que un anormal, soy un producto social”
Varias veces Ferrer hace alusión al “ser escritor” de Barón Biza. En varios momentos lo hace con un giro particular que se repite y que en su repetición echa luz sobre el modo de participar en lo social que entiende Ferrer que tenía Barón Biza. Dice, por ejemplo, “el propio Barón Biza durante la década de 1920 se presentó como escritor” o “El derecho de matar, de 1933, le concedería notoriedad pública, pero no hizo otra cosa con ese libro que presentarse en sociedad como si estuviera concurriendo a un duelo, y sin padrinos”. Barón Biza es escritor como un modo de participar de la sociedad, como un modo de presentarse en la sociedad.
La narración que hará Ferrer de este hombre inverosímil que se presenta como escritor se centrará en las relaciones sociales que constituyen al Barón Biza que se desprende del libro. Ya las relaciones familiares, ya las amorosas, ya las económicas, ya las culturales, ya las políticas. En el desglosar en capítulos distintos modos de la participación social encuentra su sentido el índice del libro: el padre; el rentista; el enamorado; el revolucionario.
Es significativo que el subtítulo elegido para el libro haya sido “El inmoralista”. Ese epíteto elegido para Barón Biza en el título es una apropiación de la categoría de inmoral que la sociedad que lo tuvo en su seno le indilgó. Sin embargo, a la hora de elegirle uno al interior del texto, Barón Biza aparece con otro epíteto: “Barón Biza, escritor”. La alternancia de los epítetos que se suman no son, sin embargo, un defasaje o un error. Juntos dan cuenta de Barón Biza y su sociedad: inmoralista y escritor, en ese arco, explican la autopercepción de Barón Biza y el modo en que circulaba entre sus contemporáneos. Escribe Ferrer “Barón Biza se proponía devolver a la sociedad una imagen cruel en el espejo. Un vómito.”

4 - suicidio y narración

Barón Biza se suicidó una noche del invierno de 1964. Antes de eso había sido escritor, trotamundos, exégeta yrigoyenista, radical revolucionario y forjista; había estado preso varias veces, se había casado con una estrella de Hollywood que moriría en un intento de proeza aeronáutica, había escrito injuriosas cartas al Papa, y se había retado a duelo con altos funcionarios gubernamentales; había tenido hijos, había erigido un monumento de corte fálico de mayor envergadura que el Obelisco, había estado exiliado, sido diplomático, hecho varias huelgas de hambre, tenido la concesión de algunos pasajes subterráneos de la ciudad de Buenos Aires y lo habían acusado de pornógrafo e inmoral. Además, poco antes de suicidarse, le tiró ácido corrosivo en la cara a su segunda mujer: la pedagoga feminista Clotilde Sabattini, de quien estaba separado hacía unos años.

La familia Barón Biza carga hoy con un historial de suicidios que no en vano pueden pensarse operando como sustrato en la novela de Jorge Barón, el hijo de Barón Biza: “Una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro a una habitación que está a más de tres pisos”.
Son muchas las figuras que se han suicidado en la Argentina. La generación de ensayistas a la que pertenece Ferrer se ha ocupado de algunos. Por afán de ejemplos: Eduardo Rinesi ha escrito con inteligencia una teoría de los límites del liberalismo como modo de relatar la vida y muerte de Lisandro de la Torre, y María Pía López hizo lo propio con las tensiones y pasajes que marcaron la vida y muerte de Leopoldo Lugones.
En ese libro sobre Lugones, Pía López escribe que el suicidio de un hombre parece obligar al gesto de lectura que mira retrospectivamente la vida como un relato en el que se buscan los indicios que expliquen ese acto último. Sobre el suicidio de Lugones también escribió Borges, pero, de algún modo, a la inversa. Ante los intentos de efecto explicativo de narrar una vida a la luz del suicidio que la cierra, Borges oponía la necesidad de reconocer lo complejo de los hechos y reconocer que uno cualquiera, el más nimio, puede ser el desencadenante de la decisión.
¿Qué hace Ferrer, en este sentido, con la narración de una vida que, sabemos, termina y se rodea de suicidios?
Ferrer recuerda también un texto de 1926 del propio Barón Biza: “Que todo suicida lleva en sí, obscuro y latente, el germen de su definitiva determinación es verdad que nadie pretenderá discutir, pero no hay duda de que el ambiente influye sobre él en forma notable”.
Ferrer escribirá la vida de este suicida. Escribirá los momentos de la vida de este escritor suicida que resonaron en la vida pública, escribirá los momentos de la vida de este escritor aristócrata, revolucionario y suicida que la sociedad admira y condena. La narración de esta vida, para Ferrer, será un modo de pensar una biografía, una obra literaria y la historia nacional. Ferrer narra esta vida, releyendo a contrapelo algunos hechos de visibilidad pública: “fue noticia de diario intermitente a lo largo de su vida”. Es claro que Ferrer no intenta condenar ni rescatar la figura de Barón Biza. Su interés, vamos viendo con el sucederse de las páginas, reside en lo público, en la sociedad de la que formó parte Barón Biza, y en el modo de insertarse Barón Biza en ella.
En librerías de viejo, decíamos al principio, Ferrer accede al mito Barón Biza, al rumor noctivago. Pero más allá de algún pasaje en una disgresión, el libro no es un homenaje a librerías. Sí es un homenaje a Jorge Barón. El primer capítulo del libro es el relato de la vida, no de Barón Biza, sino de su hijo, Jorge Barón, el autor de la novela El desierto y su semilla. Ese capítulo relata cómo Ferrer y Jorge Barón se conocen, y cómo éste le brinda, le dona, un cuantioso archivo sobre su padre. Acaso fuera un pedido de que se escribiera este libro: “Todo me lo envió por correo a Buenos Aires. Había confiado en mí. Pero también era evidente que esperaba que yo escribiera sobre Barón Biza”.
Ferrer escribe el libro para cumplir con lo que Jorge Barón esperaba. “Era un caballero”, dice Ferrer. Y el libro tiene el tono de la fraternidad sentida. Ferrer reconoce a Jorge Barón como destinatario privilegiado de su libro, al que considera “un informe confidendial”. Si Jorge Barón funciona como interlocutor privilegiado que sostiene el susurro del libro, su novela opera en el libro de Ferrer como un prisma que carga de grumosa textura las cosas evitando recaer en el intento explicativo lineal que olvide la múltiple y compleja forma de lo real.
El 9 de septiembre del 2001, Jorge Barón, el hijo de Raúl Barón Biza, se suicidó, también él. Dos años antes había dicho: “Mi padre, un ser desconcertante al que quiero; mi madre, un ser maravilloso al que adoro”. La dignidad de las palabras de Jorge Barón resuenan en el carácter de homenaje a él que el libro de Ferrer, a su modo, es.

Narrar las apariciones públicas de Barón Biza, del aristócrata excéntrico, del rabioso, arbitrario y megalómano inmoralista, puede tentar a la pluma al ejercicio fácil de festejar las anécdotas hiperbólicas y estridentes. Pero el recuerdo de Jorge Barón atraviesa todo el libro recortándose como fondo ético, dándole una sensible carnadura a las historias que narra Ferrer. No se reivindica ni se condena. Barón Biza es en el libro de Ferrer tanto el atractivo personaje que pone en ropa de pordioseros a la aristocracia argentina, como el personaje siniestro que una noche fría desfigura la cara de Clotilde Sabattini, su ex mujer, la madre de Jorge Barón.

5 - la historia narrada: tragedia y ceremonia

Escribir no es otra cosa que ensayar un modo de narrar la historia. Cualquier intento, desde la prosa intimista hasta los versos panfletarios, cualquier palabra que reordene esta lengua que nos entrelaza diariamente no es acaso otra cosa que un intento, un ensayo, un modo de participar en el relato de la historia de la sociedad de la que participamos. Escribir es eso, y es, además, muchas otras cosas. El libro de Ferrer, así, además de otras cosas que también es, es un relato de la historia nacional. Y al serlo lo es, como todo relato, en discusión con otros. En dramática tensión con otros. Y este libro no sólo no oculta ser esto, sino que lo exhibe, como ars poetica, y como ars politica: “(había) un programa de televisión que exhibía fragmentariamente distintos acontecimientos del siglo. Se llamaba ´Siglo XX Cambalache´ y su conductora, Teté Coustarot, una ex Reina de la Manzana, se dedicaba a restarle dramaticidad a la historia argentina con palabras ceremoniales y pomposas”. La mirada de Ferrer es clara. La historia argentina es principalmente drama. Ferrer se aboca en su libro a narrarla así, confrontando en ese impulso con el relato pomposo y ceremonial que oblitera el barro conflictivo de la historia.
En este sentido, se torna relevante el compromiso con la escritura que se lee en cada modulación, en la sintaxis nunca repetitiva, en el léxico original y frondoso, y en el trabajo que hay tras cada adjetivo que la prosa de Ferrer nos ofrece. Se torna relevante el compromiso que se lee en la puntuación que alterna la fluidez con giros de filiación neobarrosa: “la mácula se le había adherido como una rémora”. El compromiso que se lee en la intermitente crispación sustantivada que recuerda a los mejores momentos de David Viñas: frases sentenciosas e iluminadoras, incrustadas en medio de un párrafo como “Señoritismo austral y modelitos Chanel” no pueden ser sino un homenaje al escritor y crítico bajo cuya ala se han formado no pocos intelectuales de la generación de Ferrer. Compromiso con la escritura, entonces: como también se lee en el sutil y productivo trabajo con los intertextos literarios que devienen herramientas para el pensamiento, como se puede leer en el parágrafo del libro de Ferrer que comienza “En cada época hay caminos obligados para llegar a ser autor consagrado pero las derivas que asume la ´autoría negra´ son variadas y todas ellas personales”, donde es imposible no leer, bajo una mediación borgeana, una prosa que se alimenta de la estructura del famoso principio de Anna Karenina: “Las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera”. En Ferrer, el uso de la tradición literaria no es un relleno o un modo de volver pomposa la prosa. No. Lo interesante del trabajo se da al encontrar en un excelente comienzo de novela un modo de entender al mundo.

Es interesante, también, un modo del pensamiento de Ferrer que hace oscilar su relato entre la sucesión de los hechos del pasado y el traer a colación vestigios, ruinas, restos que son modos en que el pasado insiste en ser parte del presente. Así, vuelve a ser significativo que el primer lugar donde se asiente la investigación sean las librerías de viejo: “Primero lo busqué en librerías de viejo, el único lugar del mundo donde todavía puede ser hallada su obra. El continente sumergido de las librerías de viejo está abarrotado de la resaca de otras épocas. Todo conduce hacia sus orillas, por mareas o en cuentagotas. Parecen antros, pero son palacios desvencijados, catacumbas donde se marchitan estilos y autores encallados hace ya mucho tiempo”. Pero no sólo las librerías de viejo conservan huellas de la historia. Así, por ejemplo, tras presentar en una breve semblanza a Carola Lorenzini, quien en 1940 se convertiría en la primera mujer que une las catorce provincias argentinas en un vuelo, Ferrer comenta, en oración aparte, intercalada en medio del párrafo memorioso: “Hoy sólo la recuerda una calle de Buenos Aires y una estampilla”. El gesto se repite de modo programático. Al narrar las rebeliones frustradas de radicales yrigoyenistas de principios de la década de 1930, insiste: “El único rastro físico de la sublevación de fines de 1933 quedó en una estancia privada de Bonpland: un monolito que recuerda el nombre de doce de los caídos”. Una calle, una estampilla y un monolito: son formas en que el presente exhibe su sedimiento histórico para quien lo mira con ojos que reniegan de las inflexiones pomposas y ceremoniales. Ferrer recorre, perseverante, estos modos del relato de la historia (las estampillas, las monedas, las ruinas). Su práctica es una elección: pensar el presente a contrapelo para reescribirlo en la clave del lenguaje que hace políticamente potente la narración de la historia nacional: el lenguaje de una historia dramática, sostenida en la tragedia que subyacen siempre detrás de las caras pulcras del contractualismo constitucional.
Si la historia argentina es dramática, también lo es narrarla. La historia de la narración de la historia nacional –que es parte, a su vez, de la propia historia nacional- es dramática y cruje en grietas intermitentes. Grietas que forman la historia de la resistencia, por un lado, y grietas que agujerean como capítulos ausentes el relato oficial. La narración que hace Ferrer de la vida de Barón Biza es un prisma que reordena ese relato, agrietándolo y eligiendo recorrer los momentos en que Barón Biza participa de períodos elididos, no narrados o tapizados en el relato hegemónico. Así, por ejemplo, leemos que “Hubo un tiempo en que la Unión Cívica Radical era algo más que un partido político, era una causa nacional y popular. Ya es tema de paleontólogos. Pero cuando sucedió el golpe de Estado del general Uriburu, en 1930, fueron ellos los que se lanzaron a la calle en defensa de la causa y de Hipólito Yrigoyen. En ese tiempo había muchos hombres dispuestos a morir matando en su nombre. Fracasaron, y casi nadie quiso conmemorar su gesta. Barón Biza estuvo entreverado en esas patriadas que conforman un capítulo perdido del libro de la historia de la nación, las sublevaciones yrigoyenistas”.
Este tipo de rememoración de gestas sociales olvidadas, tanto por la historiografía hegemónica como por la memoria colectiva que se organiza en el presente, es de particular interés para el escandido del texto de Ferrer. Las reconstrucciones y los señalamientos al olvido se multiplican: “al Moscú de la Rusia Comunista viajarían Orestes Ghioldi y Vittorio Codovilla, nombres de dirigentes comunistas de la época heroica del partido que a nadie interesan ya” o “existió una resistencia recalcitrante y arriesgada contra los gobiernos de los generales Uriburu y Justo que ha sido despreciada u olvidada. Muy pocos se han detenido en estos acontecimientos turbulentos que se llevaron un centenar de vidas”.

6 – paratexto y escandido: los dijes enhebrados del relato

Sobre el final del libro nos encontramos con una última parte, de carácter paratextual. Ferrer allí no se abandona al rigor del género y las formas, sino que se embarca en la intervención crítica sobre el uso y señalamiento de la bibliografía, sobre la forma de organizar un índice temático y uno onomástico. El modo del paratexto en Ferrer conlleva una política del pensar: se percibe en el afecto y los reconocimientos; se percibe en la práctica de una bibliografía relatada más como consejo para quien lo pida que como ostentación de erudición vacua; y se percibe en la lógica de epítetos que se encuentra en el índice onomástico. Si Borges había intentado narrar con dos o tres escenas la vida infame de algún hombre, Ferrer en pocas palabras intenta resumir la de todos los personajes que nombra en su libro. Así, abarca un espectro de opciones que van desde un simple “Getulio Vargas, presidente del Brasil” a la exaltación política del tipo “Osvaldo Bayer, historiador libertario” y a la crítica política en “Leopoldo Lugones (hijo), hijo de Leopoldo Lugones, torturador y suicida”, pasando por el insulto furibundo a “Samuel ´Chiche` Gelblung, periodista mefistofélico”, la displicencia frente “Menem, nemen”, y llegando al juego simpático en “Otto Bemberg, cervecero y rico” y a la estocada humorística a “Teté Coustarot, reina de la Manzana”.

Poco antes, justo previo a los índices y bibliografías, no faltan, claro, “reconocimientos” a quienes colaboraron con el trabajo de hacer el libro. En uno de ellos, Ferrer escribe: “recuerdo que Micaela Krolovetzky me sugirió el arte de montar y desmontar los capítulos”. La mención no es menor. El libro de Ferrer se divide en once capítulos de significativos títulos (empiezan “El hijo”, “El padre”, pasan a “El potentado” y “El revolucionario” para llegar a “El pornógrafo”, “El intransigente”), y cada uno de estos capítulos se subdividen en breves parágrafos cuyo entrecortado y montaje le dan al libro su cadencia. Los parágrafos pueden ser desde un párrafo hasta dos carillas y alternan tres series diferentes que se van intercalando: la reposición y análisis de los libros de Barón Biza; el relato de la vida y circulación pública de Barón Biza; y la recuperación, en tono de disgresión, en muchos casos, de fragmentos de la historia argentina, de la filosofía europea o de la tradición libertaria que han “quedado en el olvido”.
El entretejido de fragmentos intermitentes, breves, que se cierran sobre sí como pequeñas gemas narrativas, construye los capítulos. Y es la alternancia del relato de las tres series (la vida de Barón Biza, el racconto de fragmentos de historia y de filosofía, la reposición crítica de los libros de Barón Biza) la que carga a las tres series de una trenzada densidad y construye la experiencia de lectura: la historia, la literatura y la vida son dijes que se enhebran en el relato de Ferrer, juntándose en una constelación narrativa, cargándose de sentidos unos a otro en su escandido acompasado.
Dicen que un buen director de cine debe ser también un gran artista del montaje. En el compás del entrecruce logrado a fuerza del trabajo fino del montaje de fragmentos de los capítulos, el libro de Ferrer encuentra su potencia narrativa, su elocuencia historiográfica y su belleza, ética, política y poética.

Notas
[1] Los registros no canónicos son la cantera de la que Ferrer gusta sacar materiales para su libro. Y en la acaso falsa dicotomía registro oral –registro escrito, la elección de la búsqueda es clara. En ese sentido, no sorprende encontrar sobre el final del libro dos letras de tangos dedicados a Barón Biza, cuya existencia Ferrer explica: “Una vida hecha del barro con que se amasan las leyendas dificilmente quedara sin registro sonoro” (201)
[2] No casualmente, Ferrer recuerda su acceso a un libro de Barón Biza: “Alguien me había dado aviso de que El derecho de matar estaba expuesto en la vidriera de una librería, en una esquina. Viajé hasta el partido de San Isidro para dar con el lugar vagamente inverosímil”. Como de un hombre, decir que un lugar es inversosímil es, sino un oxímoron, al menos una paradoja. Como Borges, en estas paradojas de la adjetivación se puede hurgar para narrar.
[i] Publicado originalmente en la revista tevoyaatornillar.com.ar, número 1, enero 2009

jueves, 4 de marzo de 2010

HISPAMÉRICA

Se editó el número 113 de la revista Hispamérica, dirigida por Saúl Sosnowski desde la década del 70´en Maryland (EEUU). Entre los contenidos mencionamos el excelente trabajo de nuestra querida Francine Masiello "Poesía y respiración: Del lirismo a la moda pop de las poetas argentinas actuales"; el de Edgardo H. Berg "El huevo de la serpiente: Villa de Luis Gusmán, El vuelo de Horacio Verbitski y Poder y desaparición de Pilar Calveiro" y una entrevista a la novelista y dramaturga argentina Patricia Suarez.

jueves, 18 de febrero de 2010

Notas II (Piglia)



ESCENAS DE LECTURA[1]

(*) Por Edgardo H. Berg


El crítico como escritor o el escritor como crítico, de este equívoco o esta paradoja se alimenta toda la obra de Ricardo Piglia. Desde sus primeros trabajos críticos, entre los sesenta y setenta, sobre Césare Pavese, Ernest Hemingway y la novela policial norteamericana, o sus intervenciones acerca de Manuel Puig, Luis Gusmán, Roberto Arlt, Borges, Cortázar, pasando luego por Sarmiento, Borges, Gombrowicz y Macedonio Fernández; más tarde, en su recopilación de entrevistas en Crítica y ficción (1986) o en su colección de ensayos breves en La Argentina en pedazos (1993), que habían oficiado primero como guiones de las ilustraciones literarias de la Revista Fierro, hasta llegar a Formas breves (1999) y su ensayo sobre Rodolfo Walsh en Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades) ( 2001), en forma de dueto con León Rozitchner, Ricardo Piglia ha sabido renovar la crítica literaria, apartándose de sus formas más visibles y estereotipadas.[2] Más aún, la imposibilidad de reconocer los bordes y los límites precisos -como si fuera una banda de Moebius- entre crítica y ficción, entre argumentación y narración, entre entrevista y conversación literaria, entre relato y modulación ensayística, nos instala en la experiencia de un universo discursivo armado a partir de la vibración de las fronteras y la reversibilidad de los actos de lectura y escritura. Mejor aún, esa situación, desde sus comienzos, ha sido consustancial a su obra narrativa. O para decirlo de una vez, sólo pueden ser pensadas al lado de sus novelas y relatos: Nombre falso (1975) Respiración artificial (1980), Prisión perpetua (1988) La ciudad ausente (1992) y Plata quemada (1997).
Historias imaginarias, historias personales contruyen una red de motivos y escenas móviles en El último lector, como si fueran los cuadros de exposición de un museo literario viviente cuya descarga óntica reactualiza o transforma las experiencias. Ana Karenina leyendo una novela inglesa a la luz de una linterna, en un viaje en tren de Moscú a San Petersburgo, Hamlet entrando al palacio real con un libro en la mano, después de hablar con el espectro de su padre, Madame Bovary leyendo sus novelas sentimentales o Philip Marlowe hojeando un policial barato en un motel. El encuentro furtivo de los amantes, de Felice Bauer y Franz Kafka en la interrupción momentánea de una correspondencia epistolar; Joyce deletrando letras a través de una lupa; o Borges leyendo con el papel pegado a los ojos. Borde impreciso entre vida y obra, la escritura es una prolongación del acto de leer y ambas son la constancia de un diario personal, de un libro de bitácora. Como si fueran figuras especulares, el lector se convierte en el otro sujeto que refracta al autor. En este sentido, el libro de Piglia se presenta como una historia mínima de los modos de leer y sus efectos, como una suerte de laboratorio de la lectura que fija y corrige la experiencia; o donde se persigue las huellas que ha dejado la lectura como forma de inscripción en la vida.
El último lector, afirma Piglia, está secretamente unido a “The Last Reader”, la canción de Charles Ivens basada en el poema de Oliver Wendell Holmes. Ahora bien, como sabemos, las narraciones del autor suelen ser, muchas veces, una forma de la crítica y, en este sentido, resulta significativo que el libro se halla editado en la colección “narrativas hispánicas” de la editorial Anagrama y que sus reflexiones sobre la experiencia transformadora del acto de leer se abra con un relato. El cuadro narrativo es en realidad una ficción que describe una pasión humana y la cuestión central en torno al cual gira el debate imaginario del prólogo, no es la verosimilitud de la experiencia personal transmitida, ni los pasajes y motivos prestados de La ciudad ausente, o el influjo borgeano que nos remite necesariamente a "El aleph". El relato nos cuenta la historia de un fotógrafo, quien recluído en una casa de un antiguo barrio de Buenos Aires, más precisamente en el barrio de Flores, conserva la réplica de una ciudad en la que trabaja desde hace años. La obra más que una reproducción, es una máquina sinóptica que detalla cada peculiaridad contenida en la ciudad real. Así, en la contemplación solitaria de la ciudad –construída en escala microscópica-, la edificación deja verse de una sola vez, porque en realidad, sólo puede ser vista por un espectador. Podríamos decir que la percepción individual de la ciudad remeda, si se quiere, el acto solitario de la lectura. Y la lectura como arte de la microscopía, de la perspectiva y del espacio, como pretendía James Joyce, es una lección óptica: el arte de ver mundos múltiples en una capa mínima del lenguaje. Es así como el acto de lectura aparece en escena en forma de relato, desde el comienzo del libro. El momento de la lectura y el de la narración serían complementarios y simétricos, reflejos especulares el uno del otro y que podrían ser sustituídos sin distorsión. Lo que está en juego en el prólogo de El último lector es la posibilidad de ficcionalizar todas las contradicciones de la lectura en una narración capaz de contenerlas. Y en este sentido, el relato-prólogo tendría la posibilidad de ser una alegoría de la lectura.
En el cuarto capítulo, que quizá sea uno de los capítulos más inolvidables y exquisitos del texto, Ricardo Piglia persigue los rastros de lectura del Che Guevara para dar cuenta de la tensión natural entre las armas y las letras, entre la lectura y la acción, entre la vida leída y la vida vivida, entre los titubeos interpretativos y la decisión política. La figura del lector, de quien descifra e interpreta es la sinécdoque perfecta del intelectual moderno. El tabaco y los libros guardados en un portafolio de cuero, son las adicciones que guardan como resto perdido, la imagen del escritor fracasado. Sin embargo, la lectura migrante y en marcha, antes de un combate o ante la inminencia de la persecución final, en Ñancahuazu, en Bolivia, trastocan la nostalgia de la literatura por una vida hecha como un artista. Si en el capítulo tres, “Lectores imaginarios” (77-102), dedicado al policial, Piglia ve el traspaso del hombre de letras al hombre de acción, en el pasaje desviado de las figuras de Auguste Dupin (Poe) y Philip Marlowe (Chandler), en Guevara se detiene en la reversión de lo que él llama “síntoma Dahlman”. Salir de la biblioteca, del mundo de las letras, ya no será una acción determinada por el encuentro con el otro, con el bárbaro, sino un ir al encuentro con el compañero, con la víctima social y el desposeído. Y si Piglia une las experiencias viajeras del joven Guevara con la tradición norteamericana de la beat generation (Jack Kerouac y su libro On the Road como paradigma de esta situación) es porque la escritura de una vida y los viajes, se unen en la experiencia alternativa de una contrasociedad. Ese viajero errante que se politiza es también, de algún modo, el linyera al costado del camino, que rechaza, en su modo de vestir, el mundo del trabajo y la validez del dinero. O también, el médico que lee los síntomas sociales y confirma las marcas de la explotación en la lectura de los cuerpos. Las anécdotas de Guevara leyendo en Sierra Maestra mientras sus compañeros descansan, los registros fotográficos en las que se lo ve leyendo en los descansos del combate, construyen una historia de Guevara, atravesada por esos dos “ritmos”: metamorfosis y cambios bruscos, persistencia y continuidad. A pesar de las mutaciones y las experiencias transformadoras, la continuidad de la lectura atraviesa al Che en toda su historia. Un Ernesto que se transforma en Che: y ese pasaje es vivido y descifrado a partir de la escritura y la lectura.
“Podríamos hablar de una lectura en situación de peligro. Son siempre situaciones de lectura extrema, fuera de lugar, en circunstancias de extravío, de muerte, o donde acosa la amenaza de una destrucción. La lectura se opone a un mundo hostil, como los restos o los recuerdos de otra vida”, afirma Piglia. El punto de partida es la fotografía de Guevara en Bolivia, leyendo encima de un árbol en un alto de la lucha. El punto de llegada es la frase (la última frase leída otra vez por un último lector) que queda en la pizarra de la escuelita de La Higuera donde pasa sus últimas horas. Al final de su vida, las dos figuras, del lector y del guerrero, se unen y casan sus duraciones. El Che herido y tirado en el piso de un aula, le señala a Julia Cortés, la maestra del lugar que le lleva un plato de guiso, el error de la frase escrita en la pizarra, la falta de un acento. La frase era “yo sé leer”, y como el personaje de un cuento de Jack London, el Che Guevara muere con dignidad, pagando con su vida la fidelidad de un pensamiento.
El último lector, su último libro, es, como dice Piglia al final, "acaso el más personal y el más íntimo de todos los que he escrito". El narrador y el ensayista argentino busca descifrar lo que es un lector recurriendo a las páginas de la literatura universal que han marcado su vida y sus obras. Y la destreza de Piglia es pasearse entre los registros como si siempre se habitara en la misma casa.
En la carrera de la lectura gana el que puede correr más lento, sostiene Piglia. Por fuera de los usos sociales dominantes, replicante y a destiempo de los ritmos que imponen los SMS, el chat y los blogs, la lectura libresca persiste como una moneda enigmática y antigua que brilla sobre la superposición temporal de las escrituras actuales.
[3]

Notas

[1] La presente nota reproduce fragmentariamente algunas reflexiones de mi artículo “El gabinete del doctor Caligari: Ricardo Piglia y Sergio Chejfec como críticos”, publicado en la Revista Grumo, nº 7/8. Buenos Aires-Río de Janeiro, pp. 30-35.
[2] El ensayo de Ricardo Piglia está acompañado del otro lado del libro por Mi buenos Aires querido de León Rozitchner.
[3] Ver las entrevistas al autor de Patriicia Somoza: “Leer, escribir en red”, en ADN Cultura, La Nación, 19/04/2008, 6-7 y de Raquel Garzón: “Elogio a la lentitud”, en Ñ, Revista de Cultura, Clarín, 20/1/2008, 6-8.